Cinco herramientas para acompañarte cuando el ánimo cae, los pensamientos se repiten o el enojo toma fuerza.
Al fin ha terminado el día, llegas a casa, cierras la puerta, dejas las llaves, te quitas los zapatos: es momento de un merecido descanso. Te tumbas en tu sillón favorito, cierras los ojos para relajarte pero… alguien sigue hablando. Es casi una voz la que escuchas.
—¿Te acuerdas lo que dijiste en la reunión con tu jefe? Al principio nadie te oyó, lo tuviste que repetir dos veces y al final solo te salió un «no es nada», pero sí era. Deberías pensar qué haber dicho y cómo.
—¿Ya nos contestó el WhatsApp Raquel? Checa, seguro no te ha contestado todavía.
—Mañana va a estar bien pesado el día, mejor ve repasando los problemas que vienen, así adelantas y de paso encuentra una razón para reprocharte algo de ayer…
Y así sigue y sigue. Pues ese alguien es tu propia mente, que a veces parece un extraño enemigo, pero que vive contigo, come contigo, duerme contigo; en fin, que eres tú mismo.
Sí, a veces se siente así: como tener al enemigo en casa. Conoce tus dudas, sabe dónde te duele y parece escoger la hora de dormir o de descansar para abrir todos los paquetes pendientes y revisarlos.
Quizá te ha pasado. Estás frente a alguien que quieres, a quien realmente quieres escuchar y a quien quieres contarle cosas, pero sigues atrapado en una conversación de hace tres días. O llevas media hora preparando una respuesta para una discusión que todavía no ocurre. Andas de cuerpo presente, estás aquí pero tu cabeza anda lejos, lejos, sufriendo lo que viene, y tú terminas agotado.
Entonces se siente como si fuera ese extraño enemigo. Sin embargo, vale la pena detenernos antes de declararnos la guerra: esa misma mente también nos permite aprender, crear, recordar a quienes queremos y encontrar soluciones. Tu mente te ama, quiere tu bien, pero a veces se cicla en ciclos infinitos que no te convienen. La buena noticia es que puedes darte cuenta del daño de ciertos hábitos de pensamiento y aprender a responderles de otra manera.
Por eso quiero compartirte cinco herramientas sencillas, apoyadas en enfoques comprobados científicamente (échale un ojo a las referencias al final del artículo), que te ayudarán a hacer las paces contigo mismo. Claro, estas versiones breves no equivalen a un tratamiento completo, pero seguro algunas pueden ayudarte a pasar el trago y a salir del momento; otras cobran sentido con la repetición.
La propuesta es que empieces a reconocer qué está pasando y elijas un siguiente paso que te cuide, incluso mientras la mente sigue haciendo ruido.
1. Cuando sube la ansiedad: dale un ritmo cómodo a tu respiración
Quizá tienes una conversación pendiente o estás a punto de presentar algo importante, recibiste una noticia que te desequilibró o te acordaste de eso que te preocupa. Notas los hombros duros, el pecho apretado, la pierna inquieta y las ideas corriendo.
Pausa, es momento de detener al sistema. Prueba sentarte con los pies en el suelo, la espalda con apoyo y aflojar los hombros. Toma aire suavemente durante unos cuatro segundos y déjalo salir durante unos seis. Continúa un par de minutos, siempre que te resulte cómodo.
Respira sin forzarlo, casi sin esfuerzo, sin intentar llenar los pulmones al máximo y sin aguantar el aire. Puedes ajustar el ritmo: los números son una guía, no un examen. Si te mareas o aumenta la incomodidad, vuelve a tu respiración habitual.
Una revisión de ensayos clínicos encontró que las prácticas respiratorias pueden reducir el estrés y la ansiedad, con beneficios relevantes.[1] Eso no significa que exista una cuenta perfecta ni que la ansiedad tenga que desaparecer al terminar, pero sentirás alivio al recuperar, poco a poco, el control de tu mundo interior.
Mientras respiras pueden seguir apareciendo pendientes y preocupaciones. Puedes notar que están ahí y volver con suavidad al ritmo de la respiración, sin exigirte dejar la mente en blanco. Sigue respirando con suavidad, amabilidad y ternura.
2. Cuando faltan las ganas: elige una acción pequeña que tenga sentido
Otro escenario al que nos llegamos a enfrentar es ese momento en que hasta lo más cotidiano pesa. Preparar comida, bañarse o contestar un mensaje parecen requerir una energía que no tenemos.
Entonces intentamos movilizarnos y hacemos un trato con nosotros mismos: «Cuando me sienta mejor, lo hago». Dejamos en el futuro eso que es para hoy. Alivia un poco, pero no sirve realmente.
La activación conductual propone explorar otra posibilidad: empezar con una acción pequeña y valiosa, aun cuando la motivación todavía sea baja. La única posibilidad de cambio está en el presente y en la acción. Es un enfoque con respaldo para el tratamiento de la depresión.[2]
No tienes que resolverlo todo. Pregúntate: ¿qué podría hacer hoy para cuidarme, conectar con alguien o recuperar un poco de satisfacción?
Elige algo abordable: preparar un desayuno sencillo, salir cinco minutos a caminar, regar las plantas o escribirle a una persona cercana. Decide cuándo lo harás y reduce la tarea si todavía se siente demasiado grande. Baja las expectativas hasta el punto que sea realmente fácil hacerlo.
Después observa qué pasó. Tal vez el ánimo no cambió mucho, pero comiste, te moviste o dejaste de estar tan aislado. Eso también cuenta. Recuerda que adelante es adelante: no importa si es un metro o un kilómetro, avanzar es lo importante.
Este ejercicio es una forma de empezar; el malestar mental persistente requiere una comprensión y una atención más amplias. La dificultad para actuar no es una falla de carácter.
3. Cuando le das vueltas a lo mismo: baja del tremendo juicio al hecho concreto
«¿Por qué siempre me pasa esto?» «¿Por qué soy así?» «¿Y si mi vida es siempre un desastre?»
Hay preguntas que ocupan mucho espacio y nos dejan en el mismo lugar. En psicología llamamos rumiación a ese pensamiento repetitivo que vuelve una y otra vez al malestar sin ayudarnos a resolverlo. Al intentar detenerlo con más pensamiento solo le damos más fuerza. Acéptalo: no se puede dejar de sobrepensar pensando.
Prueba escribir la frase que se está repitiendo. Preferentemente escríbela en papel, como salga. Después describe un episodio concreto, como si contaras lo que una cámara habría registrado. Enfócate en lo que realmente ocurrió: los hechos.
Por ejemplo, «siempre arruino mis relaciones» puede convertirse en «ayer respondí con ironía cuando mi pareja me pidió ayuda». Quédate en el hecho concreto, no en sus antecedentes ni en sus posibilidades futuras.
Ahora hay algo que podemos mirar con más claridad:
¿Qué ocurrió exactamente?
¿Qué estoy suponiendo?
¿Qué puedo atender o reparar?
¿Cuál sería el siguiente paso?
Los estudios sobre entrenamiento en pensamiento concreto muestran resultados prometedores para reducir la rumiación y los síntomas depresivos mediante práctica repetida.[3] Estas preguntas son una adaptación sencilla de ese enfoque.
Si aparece una acción posible, anótala y decide cuándo hacerla. Si hoy no hay nada que resolver, puedes dejar el asunto por un momento y volver a una actividad presente. No necesitas encontrar una explicación definitiva para permitirte continuar con tu día.
4. Cuando el enojo aprieta: ayuda a tu cuerpo a soltar tensión
Suben los humos, se calientan los ánimos en una discusión que se está convirtiendo en una confrontación. Considera que antes de una respuesta hiriente suele haber señales: la mandíbula se endurece, cerramos las manos, levantamos los hombros. Vale la pena aprender a reconocer los propios indicadores.
Si estás discutiendo y notas que vas perdiendo capacidad para escuchar, es momento de acordar una pausa: «Me estoy alterando. Necesito bajar la tensión y retomamos esto a las siete».
Ya en un lugar tranquilo, contrae suavemente las manos durante unos cinco segundos y suéltalas durante diez. Observa la diferencia. Haz lo mismo con hombros, brazos y piernas, sin contener la respiración ni provocar dolor. Omite cualquier zona lesionada o molesta.
Esta práctica se conoce como relajación muscular progresiva. Una revisión sistemática encontró beneficios sobre estrés y ansiedad.[4] Por otra parte, un amplio metaanálisis sobre manejo de la ira encontró que las actividades que reducen la activación ayudan a disminuir el enojo y la agresión.[5]
La secuencia breve es una adaptación; no garantiza que cualquier episodio se resuelva, pero es un buen comienzo. Y la pausa asertiva tiene una segunda parte: volver a conversar, ya más centrado, y hacerse cargo de lo pendiente.
5. Cuando te hablas con dureza: responde con respeto y responsabilidad
Puede ser que te hayas dado cuenta de que muchas veces te hablas a ti mismo de una manera terrible. Creo que si alguien te hablara así en la calle, seguro te enojarías muchísimo. Por ejemplo, cometemos un error y aparece el comentario interno: «qué inútil», «otra vez tú», «nunca aprendes».
Aquí la imagen del Masiosare —ese extraño enemigo— que vive en nuestra casa se vuelve especialmente cercana: convivimos tanto con esa voz que podemos acabar aceptando sus insultos como si fueran una descripción justa de quienes somos. Hay un riesgo de creerle.
Yo te propongo que cuando la escuches, párala. Cambia ese diálogo interno, intenta describir lo ocurrido sin insultarte: «olvidé algo importante y me siento avergonzado». Identificar lo que pasó y lo que sientes es el primer paso.
Después pregúntate qué le dirías a alguien querido en la misma situación. Quizá sería algo así: «entiendo que te duela. Revisemos qué pasó y cómo puedes repararlo».
Puedes dirigirte esas mismas palabras. Reconocer una equivocación y tratarte con respeto son cosas compatibles. Sé amable contigo mismo.
Un metaanálisis encontró que las intervenciones de autocompasión ayudan a reducir la autocrítica. Repetir con constancia los ejercicios dentro de un tratamiento integral ayuda mucho a la estabilidad, pues los beneficios suelen ser mayores con intervenciones más largas.[6] Una frase aislada no hace todo ese trabajo, pero puede ser el comienzo de una relación más cuidadosa contigo.
Luego recuerda que el cambio se da en la acción, no en el autocastigo. Elige después un movimiento: disculparte, corregir, pedir ayuda o descansar antes de volver a intentarlo.
Volver a sentirte en casa contigo
Después de leer cinco herramientas, quizá ya apareció una nueva exigencia: «debería practicar las cinco y hacerlo bien». Si sucede, date cuenta de que se trata de la voz de ese extraño enemigo; es el viejo tono conocido. Te invito a elegir solo una: la que mejor responda a lo que estás viviendo. Una, para empezar.
Practícala también en un día tranquilo. Observa qué cambia y qué sigue necesitando atención. Si después de practicarla no te ayuda, eso aporta información: es tiempo de buscar otra manera de apoyarte, quizá necesitas acompañamiento o terapia.
Por favor considera que la ansiedad, el desánimo o el enojo también pueden estar relacionados con pérdidas, sobrecarga, problemas de salud o situaciones que necesitan cambiar. Ningún ejercicio individual resuelve por sí solo todas esas circunstancias. Si el malestar persiste o está afectando tu descanso, tus relaciones o tu capacidad para vivir el día a día, buscar apoyo profesional puede ayudarte a comprenderlo y a construir un camino de atención adecuado.
Hacer las paces contigo mismo, reconocer tus procesos y acercarte con amabilidad a tu propia vida es el principio de la compasión y el desarrollo. Sí, es muy probable que haya días en que la mente siga inquieta. Te invito a que aprendas a reconocer sus giros y sus ciclos, a distinguir lo que merece atención y a responderte con más amor y respeto. Quiero pensar que cuando le damos espacio a este aprendizaje estamos haciendo un nido dentro de nuestra mente, un lugar seguro en el que poder descansar; hacemos de nuestra casa interior un lugar más habitable.
¿Con cuál de estas herramientas te gustaría empezar?
Con cariño,
Francisco Monterrubio Santa María
Psicoterapeuta integrativo · Querétaro y en línea
Fuentes y lecturas
Las instrucciones de este artículo son adaptaciones para divulgación. Las investigaciones citadas evaluaron intervenciones con distintas duraciones, poblaciones y grados de acompañamiento; sus resultados no deben atribuirse automáticamente a cada ejercicio breve.
Fincham, G. W., Strauss, C., Montero-Marin, J. y Cavanagh, K. (2023). Effect of breathwork on stress and mental health: A meta-analysis of randomised-controlled trials. Scientific Reports, 13, 432.
Uphoff, E. y colaboradores (2020). Behavioural activation therapy for depression in adults. Cochrane Database of Systematic Reviews, 7, CD013305.
Watkins, E. R. y colaboradores (2012). Guided self-help concreteness training as an intervention for major depression in primary care: a Phase II randomized controlled trial. Psychological Medicine, 42(7), 1359–1371.
Muhammad Khir, S. y colaboradores (2024). Efficacy of Progressive Muscle Relaxation in Adults for Stress, Anxiety, and Depression: A Systematic Review. Psychology Research and Behavior Management, 17, 345–365.
Kjærvik, S. L. y Bushman, B. J. (2024). A meta-analytic review of anger management activities that increase or decrease arousal: What fuels or douses rage? Clinical Psychology Review, 109, 102414.
Wakelin, K. E., Perman, G. y Simonds, L. M. (2022). Effectiveness of self-compassion-related interventions for reducing self-criticism: A systematic review and meta-analysis. Clinical Psychology & Psychotherapy, 29(1), 1–25.
Este artículo tiene fines informativos y educativos; no sustituye una evaluación ni un tratamiento profesional. Si estás en una situación de riesgo para tu vida o la de alguien más, busca atención inmediata.
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